¿Creatividad? El primer asesinato.

Hace unos días un gran amigo -y mejor consultor- se atrevía a confesar que él no era una persona creativa. Fuerte en la observación, el análisis y la definición de procesos de mejora, obtiene unos resultados impresionantes en cada proyecto en el que se embarca. Pero afirma que la creatividad no es su fuerte. Ingeniero y vasco, ni más ni menos. No le podemos echar la culpa. ¿Cuándo sucedió? ¿cuándo mataron nuestra creatividad? La mayoría no somos capaces ni de recordarlo.

Ninguno de nosotros fue consciente de ello, pero en algún momento entre la niñez y la adolescencia el sistema fue apagando esa llama. Alguien mató nuestras ganas de preguntar, nuestras ganas de ser distintos, nuestras ganas de atrevernos a hacer X. Fuimos testigos de ese primer asesinato.

En mi caso uno de esos momentos sucedió en 5º de EGB, cuando una profesora ridiculizó mi intervención en clase: ¿Cuál es la profesión de vuestros padres? Llegó mi turno y con gran orgullo afirmé: “Cirujano torácico”. -David, por favor, eso no existe, será otra especialidad, pero esa no existe. Fue como un puñal. Me sentí dolido por su reacción, por las risas de los compañeros, y sobre todo, estaba dolido ante la posibilidad de que mi padre me hubiera engañado. ¿Me había dicho que trabajaba en algo que no existía?.

Es una mera anécdota. Una chorrada quizás. Pero por desgracia, hizo que durante todo un curso, no tuviera fuerzas para volver a preguntar, para volver a levantar la mano. ¿Para qué? Estar callado y adaptarme a sus silencios me salía más rentable.

La cultura del miedo a equivocarnos nos paraliza. En los colegios no se potencian las diferencias, la singularidad. En el colegio se castiga a quien destaca. A quien, por ejemplo, toca un instrumento musical en vez de jugar a futbito. Los profesores, en su mayoría, son los primeros que no saben ni siquiera apreciarlo. Se prefiere un niño seta, que no contradiga, que acepte lo que diga el profesor. La clase fluye mejor; que no molesten. Seguramente en su tiempo fuera una seta más, así que replica lo que a él/ella le funcionó. Es triste pero real.

Luego la situación no suele mejorar en la empresa. Se habla de toma de decisiones, de delegar, de equipos autogestionaros, cuando la mayoría no tiene pensado, ni por asomo, ponerlo en práctica. Tampoco saben cómo hacerlo. Ni la inquietud para aprenderlo. Mejor cumplir nuestra tarea y no pasar de la raya. La responsabilidad para el siguiente, que se cumpla el procedimiento de firmas correspondiente. 

Todo esto viene a raíz de un correo de Claudio en el que reenviaba información sobre un taller que está organizando Maite en Algorta/Vizcaya. “Creatividad expresiva”. Dirigido a niños/as de 6 a 12 años. Un día a la semana, una hora y media en la que desarrollar la imaginación mediante juegos teatrales, música, cuentos, bailes o pintura. 

Entendiendo la creatividad como la capacidad de superar probl­emas nuevos. Ésta es una forma de inteligencia. Ser creativos nos ayuda a sentirnos más felices, favorece la expresión de nuestras emociones; nos empuja a experimentar, tomar decisiones y sacar a la luz la personalidad propia sin censuras ni juicios de valor.”

La creatividad viene de serie y luego nos la van matando. Ciertamente, no es un don universal, pero potenciarla depende, en primer lugar, de ser conscientes de la importancia de hacerlo. Al igual que con cualquier disciplina, trabajar esta capacidad desde edades tempranas es estimular el crecimiento, proporcionar una educación integral, comenzar a expresar y comunicar el mundo interior de los más pequeños. 
Decía Sir Ken Robinson que “la creatividad es tan valiosa en la educación como la alfabetización”. Creo que disponer de espacios donde pueda comenzar a fluir es algo crítico. Desde la escolarización. Y con talleres como el que nos propone Maite, intentamos evitar ese primer asesinato. 
Para más información no dudes en ponerte en contacto con ella en el siguiente correo electrónico.

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