Una evolución insuficiente.

Hace unos días tenía la oportunidad de realizar una lectura rápida del discurso del nuevo Ministro de Educación –cultura y deporte (sic)– en el Congreso de los Diputados, en el que, entre otras temáticas abordaba su plan de trabajo en relación a la Política Universitaria. 

Echando un vistazo al entorno no salimos bien parados. Medio copio / medio pego:

  • No hay ninguna Universidad española entre las 150 mejores del mundo.
  • Tenemos un 30% de abandono universitario, frente al 16% de la media europea. 
  • El 42% de las carreras universitarias tuvieron menos de 50 alumnos nuevos en el curso 2008-2009.
  • Sólo 33 de cada 100 estudiantes obtienen su título sin repetir curso.
  • Únicamente el 4,6% de los estudiantes en las Universidades son extranjeros. Aún es menor la proporción de profesores extranjeros.
  • Sólo el 7% de los universitarios cambia de distrito Universitario (68% EEUU y 52% UK).
  • El 93,3% de aquellos que obtuvieron una plaza en un Departamento Universitario entre 1997 y 2001 ya trabajaban en ese mismo centro antes de que les fuera concedida.
  • Los universitarios de 25 a 29 años sin trabajo representan el 20.8% de los parados en ese rango de edad.
  • Únicamente el 15% de los doctores españoles trabajan en empresas privadas. En Europa este porcentaje asciente al 40%.

Con estos datos poco se puede objetar. Toca agachar la cabeza. Si no es una revolución lo que necesita nuestra educación (que verdaderamente se necesita), el sistema universitario requiere un impulso, un rumbo que le permita mejorar desde ya resultados de aprendizaje, aumentar la eficiencia y actuar con transparencia. Creo que la palabra es ser competitivos.

Las buenas intenciones del Ministro se centraban en aspectos que son básicos para la mejora y el crecimiento de cualquier organización. Demos un voto de confianza aunque ya hayan sido demasiadas las leyes de educación promulgadas. 

  • Promover una cultura de evaluación: No es fácil evaluar a quien nunca fue evaluado. También es sumamente cierto que hay que saber evaluar. Hay que saber cómo evaluar. No es nada sencillo en organizaciones en las que prima la máxima autonomía e individualidad y donde el trabajo en equipo es algo así como una quimera. Competencias y desarrollo, que diría el otro. Por ahí se empieza.
  • Promover la investigación. De calidad, apunta el Ministro. ¡Menos mal! Una investigación básica y aplicada de calidad atraería mejores estudiantes. 
  • Fomentar la especialización, promover sinergias entre Universidades. El sistema (como absolutamente toda la arquitectura pública española) está repleto de duplicidades. Competimos entre nosotros para acabar siendo más débiles. ¿Cómo abordar estrategias compartidas o de colaboración?
  • Fomentar la inversión privada: No llega al 1% de la financiación. Y, una vez más, entre otros motivos es la escasa actividad investigadora de calidad. Aplicada. A la realidad del mercado, de la industria, de los sectores innovadores. Siempre he tenido la sensación de que Universidad y empresa eran dos mundos demasiado separados. Que lo pague el estado, y así pan para todos. Lo triste es que, en vez de acercarse, cada vez más las grandes empresas crean sus propias Universidades Corporativas.
  • Reforzar la transferencia de conocimiento y tecnología al sector productivo: Ligado estrechamente con lo anterior. Separados, es imposible que se fortalezca el tejido empresarial. En este sentido, muy poquito a poco, estamos dando pasos. O estos otros, por ejemplo.
  • Potenciar la internacionalización: Me preocupan los pocos alumnos extranjeros. Pero relativamente. ¿Contamos con infraestructuras para traerlos? Somos incultos en idiomas. Con una oferta potente, todo llegaría. El problema es la irrisoria diversidad en los equipos docentes. Diversidad porque no sabemos idiomas. Diversidad porque no sabemos inglés. Diversidad porque no se contratan perfiles internacionales. Hasta entonces, no es que seamos poco competitivos, es que es difícil coexistir. No recuerdo un solo profesor extranjero durante mis 5 años de carrera. Preocupa.

Existen intereses demasiado individuales que impiden reconocer las deficiencias del sistema, y mientras nosotros nos quedamos atrás, el resto del mundo vuela. Nos perdemos en batallas superfluas cuando debiéramos cooperar para aportar valor. Cada persona trabajando en la Universidad, en cada Departamento, en cada equipo de investigación. Una vez más, estamos en la cultura de la sokatira. Y necesitamos una cultura de traineras. 

Porque, todo esto iba de aquello del aprender, del conocimiento y el saber profundo. Y parece que nos estamos quedando atrapados en la superficie.

* El reto de sentirse adelantado. Cleverclaire.

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