La bella derrota.

“Como no se revisa por qué ganaste, da lo mismo, te adulan por haber ganado y no porque mereciste ganar” Marcelo Bielsa

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La derrota también es bella, Martín. Media hora antes del pitido inicial me sentaba ayer junto a tu tío en el estadio del FC Barcelona y suspiraba al ver cómo se iban llenando las gradas, cómo se iban tornando rojiblancas. Comenzaba el partido cuando le agarré de la rodilla y con una sinceridad rotunda le dije: “qué bonito”. Acabado el partido, aunque triste, volvía a hacerlo. Y hoy, tras otros 600 kilómetros recorridos únicamente por bilbaínos, lo vuelvo a decir: “Hemos perdido, pero qué bello es”. Perder venía en el pack desde que derrotamos a domicilio al Español en semifinales y supimos que el Barcelona había hecho lo propio con el Villareal. Estaba descontado de un fin de semana que podía haber sido glorioso. 

Anoche vivimos una nueva final, la cuarta en los últimos seis años, la cuarta en la que salimos derrotados. Pero ganáramos o perdiéramos ya habíamos triunfado en lo demás. Comentábamos en el campo que el romanticismo no gana finales, pero es el romanticismo el que continúa haciéndonos únicos. Especiales. Capaces de conectar generación tras generación, y de continuar amando desde el recuerdo tras treinta años de sequía. Decidimos jugar los de casa. Decidimos jugar sin deudas. Decidimos continuar siendo un club de los socios y no una sociedad anónima. Decidimos ser el Athletic.

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Movilizamos a 60.000 personas que peregrinaron a Barcelona, pero Bilbao no quedó deslucido. Quienes guardaron el botxo dejaron las banderas colgando de las terrazas de sus hogares y bajaron a celebrar. Abarrotaron San Mamés, la Plaza Nueva del Casco Viejo, Pozas y sus aledaños. No cabía ni un alfiler. Quienes acudimos al partido in situ disfrutamos de un día azul, de terrazas en las que las cuadrillas nos íbamos hermanando a golpe de “Beti zurekin”, y vivimos un par de horas inigualables en el recorrido desde Athletic Hiria hasta el Nou Camp.“¡He visto uno del barsa! ¡Uno del barsa!” se cantaba por la calle cuando uno de los locales se dignaban a aparecer. No fueron muchos en una ciudad de millones.

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Durante el partido no dejamos de animar, gritamos, presionamos, aplaudimos a rabiar. Enfrente teníamos a once de los mejores jugadores del mundo, Martín. Pero no te creas, hijo. Ellos nos tenían a nosotros, los 50.000 mejores del mundo. 50.000 gargantas que, tras el partido, no llegaron siquiera a darse cuenta de quién había recogido la copa, que no se descentraron con los alardeos del crío Neymar, que ni por un segundo se fijaron en los ganadores. Nos quedamos con los nuestros, con los leones, juntitos, mirándonos con cariño. Entendiéndonos. Y coreando “¡Athletic! ¡Athletic!”. Eso fue lo único que escucharon los once que, en la otra esquina del campo, celebraban su título. 

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Neymar, Messi, Luis Suarez, Xavi, compañía, sois brillantes. Grandes futboleros. Os quieren porque ganáis. Llenáis portadas y os adulan porque habéis ganado. Pero, como dijo Marcelo, como triunfadores no llegáis a aprender y a crecer desde la admiración que os deparan. Tenéis el poder de aplastar a otros equipos, como ayer lo hicisteis con el Athletic, pero lo verdaderamente bello es nuestro renacer. Fuimos, animamos, bebimos, disfrutamos, nos abrazamos y cantamos felices. Hoy nos volvemos a Bilbao aún más felices. Porque aunque la victoria os pudo saber a gloria, la verdadera belleza descansa en cómo reaccionamos ante esta inevitable derrota.

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