Recuerdos en el hogar.

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Quienes hayan adquirido el hábito de leer estos «silencios recurrentes» ya sabrán que soy lo que Belbin denominaría un «buscador de recursos» en potencia. No me suelo sentar frente al teclado hasta que conecto o me inspiran varias ideas externas. El modus operandi habitual es que me venga rondando un tema desde hace días o semanas y que, de repente, surjan las conexiones. No es que las conexiones me lleven al tema, que pudiera ser, sino que la idea fuerza me lleva a las conexiones.

Y aquí me hallo de nuevo, enclaustrado, cómo no (esta vez, al menos, no voluntariamente), conectando ideas. La idea fundamental de los párrafos que siguen a continuación versa sobre la necesidad de diseñar un legado para nuestros hijos.

En un reciente texto, Genis Roca nos hablaba de cómo construir recuerdos para el futuro: «de la misma manera que tengo un montón de libros que ya no quiero, he empezado a hacer la selección de los recuerdos que sí quiero tener (…) construyo recuerdos para el futuro, si no, no seremos nadie».  Coincido. Sin recuerdos, sin pasado, estamos desnudos. En esta transición de lo físico a lo digital tenemos que ir aprendiendo a seleccionar y discernir con qué nos quedamos. Tantas fotos, tantas canciones, tantos audios de voz, tantos tantos que me siento desbordado. Y en un todo inmenso… parece que nada es importante.

Soy de esos que continúan seleccionando y revelando fotos cada año (un álbum por año, no más; ahora me encuentro revelando 2018). Compramos libros en papel (si no lo hubieran hecho mis padres, yo no habría vivido esto que os conté aquí). Mi mujer y yo escribimos periódicamente a nuestros hijos (en digital, eso sí, aún no sé cómo llevarlo a físico). Seleccionamos pasajes de nuestro día a día, y serán esos los que queden grabados, no otros. Y compro música. Consumo (muchísimo) digital y consumo físico. Compro CDs y vinilos a los que, sin duda, recurriré dentro de muchos años.

Decía Pepo Márquez hace nada, que en menos de 25 años hemos pasado «de perseguir un disco entre tus amigos, por tiendas de toda la ciudad o por catálogos de venta por correo, en un lapso que podía durar semanas, a tener cualquier archivo sonoro que se haya grabado nunca en el móvil. Y con la música pasa como con los gatos: que si les sirves la comida en el plato, acaban perdiendo el instinto.» Boom, conexión. Tenía que acabar en mi texto.

Y con esto acabo: con esto del confinamiento, en Italia y en otros países cae el número de escuchas de las canciones «Top 200» hasta en un 23% (en España y USA un 13%). Las razones pueden ser (seguro que lo son) múltiples. Yo me quedo con la imagen de esa familia rescatando sus álbumes de cabecera, poniendo a girar el vinilo bajo la aguja… porque no es momento de novedades. Lo sé, soy un romántico: creo que ahora sí, de verdad, podemos estar generando recuerdos en el hogar.

Pd. La aguja es de James Barnett

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